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Luis Alfredo Agusti, artista peruano nacido en Barcelona (España), es un caso atípico en la escena plástica local. Sus primeros pasos académicos estuvieron delimitados por la
Administración; pero su vena creativa lo impulsó hacia esos territorios donde es mucho más importante la pasión que las exigencias impuestas al individuo por una sociedad como la nuestra, tan precaria y hostil frente a manifestaciones espirituales de cualquier índole. En ese sentido, Agusti ya ha dado pruebas concretas no solo de su intensa vocación por el ejercicio del arte, sino de que este sea, principalmente, una instancia permeable a toda experiencia, sea esta intelectual o cotidiana. Dicho de otro modo, Agusti es un artista que trasciende el simple “dominio técnico” y concibe la creación como un viaje, un tránsito permanente que se nutre tanto del entorno objetivo como del subjetivo. De ahí su interés por una serie de manifestaciones que él considera obligatorias, como la literatura y la música, e inseparables del universo de quien ha decidido contemplar la realidad desde una perspectiva tan particular como la involucrada por la plástica.
A propósito del tema del viaje, Agusti ha dedicado varios años al estudio de la
Divina Comedia, el inmortal texto que el florentino Dante Alighieri escribiera entre fines del siglo XIII e inicios del XIV. La sugestiva serie ejecutada por el pintor, en años recientes, da cuenta de una lectura personal que no pierde de vista el contexto en que el gran poema dantiano nació. Pero sucede que las coordenadas prácticamente coinciden: en el Perú de fines del siglo XX y comienzos del XXI, las reflexiones de Dante acerca de la condición del hombre y de sus terribles ambigüedades –enmarcadas en su propio tiempo– afloran y corresponden, de modo simétrico, con una realidad violenta, con una cultura de supervivencia donde encarna fácilmente cada uno de los personajes que el poeta ubicara en las regiones más oscuras y más luminosas de su extraordinaria geografía.
Agusti, además de su entrega visceral –que implica la utilización de los lenguajes más diversos y de los materiales más inusitados–, también es crítico de arte, formado de acuerdo con pautas rigurosas. Otra rara y oportuna condición en un medio donde no existe, salvo excepciones, una praxis crítica seria y ética que ilumine al neófito sobre el real significado del arte, y sobre quiénes son, en definitiva, los protagonistas obligados de esta aventura.
Lúcido intérprete de la cultura global de nuestro tiempo –con sus beneficios y aristas peligrosas–, Luis Alfredo Agusti es un clarísimo ejemplo de que “artista” e “intelectual” no son categorías excluyentes entre sí, sino dos caras de la misma moneda. Ambas se alimentan mutuamente y constituyen una simbiosis entre la ecuanimidad que otorga la razón especulativa y ese irrefrenable demonio de la creación que ha poseído a un privilegiado grupo de seres humanos desde los primeros pasos de la especie. Agusti, felizmente, ya es uno de ellos por derecho propio.
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